Preocupación y rumiación

Mónica Ventura

“Me demoro mucho conciliando el sueño”; “me despierto a mitad de la noche y no logro parar de pensar”; “los problemas se ven mucho peor a esa hora!”

A todos nos ha pasado, en ocasiones nos encontramos “atrapados” por una espiral de pensamientos de la que vemos muy difícil salir. Una idea lleva a otra y esa a otra, y cada una sustenta lo catastrófico del escenario que en nuestra mente nos estamos planteando. Puede pasar a cualquier hora del día, aunque en las noches es aún peor pues nos hace difícil conciliar el sueño o en otros casos nos despertamos en la madrugada y no paramos de pensar. En el proceso, sentimos que es indispensable seguir revisando indefinidamente aquello en lo que estamos pensando. En otras palabras, nuestra emoción nos señala que éste es el mejor camino para atender y resolver situaciones difíciles.

Pero ¿es así? ¿De verdad en esos momentos estamos utilizando nuestros recursos de resolución de problemas de manera efectiva? Si esto fuera cierto, probablemente en el proceso llegaríamos a conclusiones que nos permitirían hacerle frente al problema.

En la mayoría de los casos, este tipo de pensamiento corresponde a uno de dos procesos que se confunden con el de resolución de problemas: Rumiación y preocupación.

La rumiación es la revisión recurrente y pasiva de los problemas o situaciones difíciles vividas sin generación de alternativas de manejo. Conduce a desconexión del ambiente. Cuando estamos rumiando, estamos revisando una y otra vez situaciones pasadas con frases como “si hubiera hecho esto o aquello…” o revisamos en detalle el incidente y lo que cada uno hizo o dejó de hacer.

La preocupación es la anticipación de posibles problemas o riesgos. Cuando nos preocupamos estamos anticipando el futuro, sobreestimando la probabilidad de que ocurra aquello que tememos y sin generar alternativas de manejo. Frases como “¿qué tal que…?” seguidas de un escenario negativo son las usuales en estos casos. Al preocuparnos, igual que en la rumiación, nos desconectamos del momento presente.

Rumiar o preocuparnos nos conduce a una sin-salida. Confundidos, suponiendo que es el camino para resolver aquello que nos aqueja, le abrimos espacio a procesos que nos mantienen más ansiosos.

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